Amanecer

Amanecer

viernes, 22 de septiembre de 2017

NO TENGO TIEMPO PARA MI




¿Te suenan estas palabras?
Hubo un tiempo en que se paseaban por mi mente y se expresaban surgiendo de un yo abatido por esa supuesta carencia del precioso don del tiempo. En espera de que la vida se dignara ofrecérmelo, me debatía peleándome por encontrar esos momentos que tanto bien me hacían.

Descubrí que me correspondía a mi procurármelos, priorizando esos espacios de intimidad con mi propia vida y respetando el anhelo silencioso de mi alma. Y así lo hice. Esos ratos que me dedico son una fuente de inspiración y nutrición ya ineludibles.

Poco a poco me di cuenta de que, a lo largo del día, había también muchas ocasiones, que antes se me pasaban por alto, para conectar conmigo misma: un encuentro que se retrasa, la espera de una llamada, un momento de agitación o dolor emocional que pide atención, un rato de camino hacia algún sitio...Y empecé a agradecer los atascos, las esperas, los retrasos, las tormentas... como oportunidades para unirme a la vida en mí.

Y de tanto frecuentarme, ahora comprendo mejor:
tengo todo el tiempo para mi. No un rato, no dos: TODO.
Estoy siempre en mi propia presencia, sumergida en mi propio perfume, saboreando mis propios detalles, inmersa en mi propia luz, la luz de la vida que me envuelve y me penetra constantemente.

Durante años creí tener que reivindicar espacios para respirar.
Ahora sé que soy respirada, nutrida y acariciada constantemente.
Me encanta levantarme muy temprano para disfrutarlo en el silencio del amanecer,o dedicar pequeños espacios en medio de  mi actividad para notarlo en profundidad.
Pero en todo momento, me dé cuenta o no, esa intimidad está ahí, subyace a mis movimientos, ilumina lo que voy viviendo llenándolo de su aliento.

La Vida SIEMPRE está presente, invitándome a sentirla.
Todo es " mi vida". Todo está ahí para mí.
Tengo todo el tiempo para intimar con ella.
No es algo que tengo que hacer. Es.
Tengo todo el tiempo, simplemente, para SER.


martes, 19 de septiembre de 2017

ESTOY DE MUDANZA


Hay dos modos de vivir:
desde la cabeza o desde el Corazón.
Pensando la vida y tratando de arreglarla
o abrazándola momento a momento, confiando en  LO QUE ES,
esa esencia poderosa que nos guía
tras las apariencias más confusas y cambiantes.

Hoy estoy de mudanza:
quiero instalarme en el Corazón.
Suelto las cargas y papeles que ocuparon mi mente hacedora
y descanso en la belleza del no saber,
en la paz de ser llevada sin esfuerzo.

Lo que queda es espacio, libertad, inocencia
y una íntima y poderosa confianza en la vida,
ese impulso que me lleva desde que nací
y que no precisa de mi esfuerzo
para irradiar a través de mi.



martes, 27 de junio de 2017


LA ATENCIÓN A LO PEQUEÑO






La atención dedicada a las cosas sencillas, a la vida simple de cada instante, además de despertar en nosotros el aprecio, nos ofrece el descubrimiento de lo que somos: consciencia que abraza.

Podría tratarse del sonido de las ramas de un árbol cercano, de la mirada de la persona que me atiende en la frutería, mi sensación de espirar en este instante, el azul del cielo, una molestia en el abdomen o un pensamiento que me atraviesa...cualquier cosa que aparece en mi consciencia ahora.

No existen cosas nimias ni cosas grandes. Sólo existe vida en constante transformación, manifestándose a través de apariencias muy diversas y, para la consciencia no hay separación ni categorías entre ellas.

Sólo contempla, abraza, permite…Por eso, no es determinante aquello en lo que ponemos la atención. Lo que está aquí, en la inmediatez de este instante, sea cual sea su naturaleza, es el punto idóneo de apoyo para despertar a lo que somos.

Sólo necesitamos quedarnos, entrar completamente en la experiencia de este momento, sin importar la forma que está adoptando.. Y contemplarlo desde la atención plena, el aprecio y la amplitud, sin necesidad de cambiarlo ni juzgarlo.

Como si, simplemente, encendiéramos la luz sobre  ese momento.

La atención plena a las cosas “pequeñas” de cada día requiere de nosotros familiarizarnos con ciertas actitudes vitales que sólo provienen de la consciencia:

-El detenernos en un instante, desoyendo la inercia del pensamiento que siempre corre hacia otra cosa. Esa detención supone un descanso que nos conecta con la infinita amplitud de la consciencia que siempre está en paz.

-El penetrar de atención todos los aspectos de una situación, sin discriminación como lo harían los rayos del sol, es otro aspecto de la consciencia que va más allá del pensamiento categorizador y selectivo.

-Permitir, aceptar, dejar que todo sea sin juicios limitantes sobre nada, dar espacio…

Al practicar estas actitudes, poco apoco nos vamos reconociendo como lo que somos, más allá del pensamiento que nos limita y empequeñece.

Cuanto más “pequeñas” son las experiencias, cuanto menos llamativas para el ego, más espacio abierto queda en torno suyo, y más grande es la oportunidad de reconocernos  en él. Ese es el regalo de lo pequeño, de lo cercano, de lo que el ego desprecia. No nos acapara la atención en su desenvolvimiento o en su forma, sino que deja mucha amplitud en la que descansar.

domingo, 25 de junio de 2017



RENACER EN UNA SALA DE ESPERA




Y después del maravilloso vuelo, el aterrizaje.

Esta mañana pasé cuatro horas sentada en la sala de espera de un hospital. Una rodilla dolorida por un desgarro me empezaba a preocupar. La había forzado demasiado escalando una montaña durante mi viaje a Vietnam y no parecía mejorar. Después de unos días difíciles, con la sospecha ya de una lesión  importante, decidí que lo mejor era buscar el diagnóstico de un profesional. Lo que suelo evitar de mil maneras esta vez parecía necesario.

Una vez allí, rodeada de rostros sufrientes, me senté junto a mi compañero a esperar.

En seguida, mi mente entró a funcionar en piloto automático:
"¡Cuánto tardan en llamarme! ¡Qué mal funciona el sistema sanitario! ..."

En el panel iban sucediéndose las llamadas a otras personas que habían llegado después, y cada vez que sonaba un aviso para alguien (que no era yo) mi pequeña mente se impacientaba, generando tensión en mi cuerpo. A medida que pasaba el tiempo, observaba cómo los comentarios se recrudecían haciéndose ansiosos y repetitivos:
"¿Aún no me toca a mi? ¡Vaya domingo desperdiciado! ¡No tendría que haber venido!..."
El dolor de mi pierna también aumentaba, mientras buscaba cómo elevarla y estirarla difícilmente valiéndome de dos asientos.

En uno de estos momentos, en medio de esas voces agobiantes y cansinas que me contraían, algo me detuvo.

"¡Eh, despierta! Vuelve aquí!"
Se hizo el silencio en mi interior.

En un instante me di cuenta: Llevaba un rato perdida en mis pensamientos. Me había ido de este lugar, de este momento, buscando el siguiente, ése que mi mente creía que tenía que llegar para que, por fin, todo estuviese bien: el de la llamada a la consulta del médico. Y claro, según ella, como no llegaba, no podía estar en paz.

Sonreí en mis adentros. De nuevo la locura, de nuevo la evasión del presente tirando de mí con argumentos poderosos. Los mismos que, seguramente, se paseaban por las cabezas de muchos de los presentes en la sala.

Y ahí estaba, fresca y luminosa la invitación:
"¿Y si te quedas aquí? No existe otro momento más que éste, no lo desperdicies. Tu vida es ahora, con toda su riqueza disponible para ti, disfrazada de una situación aparentemente indeseable."

Aterricé, y esta vez, de verdad. Sentí el asiento que me sostenía y dejé que mi cuerpo se ablandara sobre él. Sintonicé con el ir y venir de mi aliento, que se había quedado algo retenido y lo sentí liberarse al espirar con suavidad. De un plumazo reparé en los sonidos que me rodeaban, el aire fresco que rozaba mi piel. La luz del sol de la mañana inundaba ya la sala acariciándolo todo. Volvía a mi hogar, al presente.

Un impulso de atención y hermandad se despertó en mi corazón hacia todos aquellos seres humanos cuya compañía la vida me estaba regalando. Algunos se sentaban cerca, otros pasaban en camillas o sillas de ruedas ante mi. Tantas expresiones de humanidad, tanta belleza que mi mente estaba desperdiciando, tanta vida allí, disponible que me estaba pasando de largo preocupada por una llamada que nunca se producía y que me salvaría de mi malestar.
Me dí cuenta con una claridad desconocida de lo egocéntrica que es la mente pequeñita, incapaz de mirar más allá de sus pequeños intereses.

Las posibilidades se abrían...Reparé en la hermosa posibilidad de compartir vida con mi compañero. Raras veces pasamos tanto rato juntos y me estaba yendo de su lado mentalmente, agobiada por la situación.
El agradecimiento que sentí instantáneamente por estar allí con él me hizo evocar tantas otras escenas de nuestra vida compartida en las que he contado con su apoyo incondicional y sereno.
Hablamos de ello, recordamos con aprecio situaciones valiosas que , a veces, quedan olvidadas.

Y, como suele suceder, cuando el agradecer se asoma, la consciencia se inundó de más y más motivos para honrar este momento que, por un rato, mi mente había considerado un
obstáculo para mi felicidad.

Al final, claro, me llamaron a consulta. Al levantarme del asiento mi pierna no me dolía. Había entrado en el hospital arrastrándola con pesar y ahora caminaba ligera al encuentro del médico. Incomprensible, pero cierto. 

Y, para culminar, su diagnóstico fue estupendo. Nada grave, nada de qué preocuparme seriamente. Un pequeño esguince que pronto estará curado.
Todos mis temores no habían hecho sino generar un sufrimiento innecesario sobre el dolor natural que sentía. La resistencia de mi mente, que no quería estar allí, había incrementado el malestar enormemente.

Salí del hospital renacida.